viernes, 22 de mayo de 2026
ACTIVIDAD 10: LA ÉPICA
lunes, 11 de mayo de 2026
ACTIVIDAD 9: LOS 12 TRABAJOS DE HÉRCULES
LOS 12 TRABAJOS DE HÉRCULES
Introducción
Hércules es el héroe mitológico por
excelencia. Sus hazañas no sólo entretenían a los hombres griegos a modo
de relatos épicos sino que simbolizaban otros aspectos que eran importantes
para ellos, como la invariabilidad del destino o el crecimiento personal,
convirtiéndose en un modelo a seguir.
Hércules era la síntesis del hombre fuerte, del
semi-mortal criado bajo las tutelas de seres míticos y extraordinarios que
forja su propio destino sin los yugos de los dioses. Él se enfrenta a las iras
divinas cara a cara y sale victorioso, es conocedor de sus capacidades y está
seguro de sí mismo pero Hércules también es mortal y por tanto dispone de
comportamientos y limitaciones que lo hacen vulnerable y cercano a los ojos del
hombre heleno, pues el héroe también erra y sucumbe a sus miserias. Ese aspecto
le confiere un halo más humano, algo que los griegos conocen bien pues toda su
religión está basada en deidades antropomórficas donde se cuestiona la
personalidad y actitud de los propios Dioses. Las debilidades forman parte del
carácter de éstos y se muestran en cada relato sacro.
Orígenes
Hércules es hijo de Zeus y de Alcmena. El dios se
enamoró perdidamente de ella por lo que aprovechando la ausencia de su marido,
Anfitrión, que estaba luchando contra los teleboides, tomó su forma engendrando
a Hércules. Anfitrión a su llegada yació con su esposa por lo que igualmente
engendró otro hijo con unas horas de diferencia, al que llamaron Ificles.
Cuando Hera se enteró de la infidelidad de su esposo, enfureció de cólera y
conociendo que Zeus le había procurado una fuerza física descomunal a Hércules
y que había predicho que éste sería rey de Argos, postergó el nacimiento de los
niños hasta los 10 meses y adelantó el de su primo Euristeo, haciéndolo por
edad heredero de la corona de Argos. La propia diosa intentó matar al bebé
cuando contaba con ocho meses de vida poniendo dos serpientes venenosas en su
cuna pero Hércules logró matarlas con sus propias manos.
La infancia del héroe fue la propia que se les
encomendaba a los niños de la época, destacó por su fuerza y valor pero en
cuestiones artísticas Hércules era nulo, por lo que en un ataque de ira mató a
Lino, el maestro de lira por excelencia, por lo que Anfitrión le castigó
obligándole a cuidar los rebaños hasta los 18 años en el monte Citerón. Fue ahí
donde Hércules dio muerte a un león por orden del rey Tespis que estaba
acabando con el ganado de la zona. Mientras duró la empresa el héroe se hospedó
en el palacio de éste, yaciendo cada día con una de las cincuenta hijas que
tenía el rey.
El día que Hércules acabó con el león tropezó en el
camino con los emisarios del rey Ergino, un rey despiadado que hacía pagar unos
tributos abusivos a Tebas, por lo que les arrancó las orejas y la nariz y las
envió a modo de collar al rey. Éste enfurecido, inició una guerra contra Tebas
pero Hércules luchó del lado de este último, saliendo vencedor de la contienda
y consiguiendo el favor del rey Tebano que agradecido le ofreció a su hija
Megara.
Hera, encolerizada por los éxitos de Hércules que
parecían no cesar, se apareció a Euristeo dándole órdenes explícitas de que
impusiera a Hércules doce pruebas que no pudiera realizar. Así fue como
Hércules fue llamado a su presencia y aunque si bien al principio se negó a
llevarlos a cabo tras consultar el oráculo que le indicaba la necesidad de
realizarlos, aceptó el encargo. Hércules en un ataque de ira y bajo los efectos
del enloquecimiento que le envió Hera, mató a sus propios hijos. Al volver en
sí se dio cuenta de su error y abandonando a su desconsolada mujer Megara, se
puso bajo el yugo de la autoridad de Euristeo en Argos, iniciando los doce
trabajos que le iba a encomendar.
Los doce trabajos, según los expertos podrían englobarse en dos grupos de seis.
Los seis primeros se refieren a las pruebas que están localizadas en el
Peloponeso mientras que las otras seis se dan en diferentes puntos geográficos
o en lugares míticos.
Como segundo trabajo le ordenó matar a la Hidra de Lerna. Esta, criada en el pantano de Lerna, irrumpía en el llano y arrasaba el campo y los ganados. La Hidra tenía un cuerpo enorme, con nueve cabezas, ocho mortales y la del centro inmortal.
Heracles, montado en un carro que guiaba Yolao, llegó a Lerna y refrenó los caballos; al descubrir a la Hidra en una colina, junto a la fuente de Amimone donde tenía su madriguera, la obligó a salir arrojándole flechas encendidas, y una vez fuera la apresó y dominó, aunque ella se mantuvo enroscada en una de sus piernas. De nada servía golpear las cabezas con la maza, pues cuando aplastaba una surgían dos. Un enorme cangrejo favorecía a la Hidra mordiendo el pie de Heracles. Él lo mató y luego pidió ayuda a Yolao, quien, después de incendiar parte de un bosque cercano, con los tizones quemó los cuellos de las cabezas e impidió que volvieran a crecer. Evitada así su proliferación cortó la cabeza inmortal, la enterró y le puso encima una pesada roca, cerca del camino que a través de Lerna conduce a Eleúnte.
Abrió el cuerpo de la Hidra y sumergió las flechas en su bilis. Pero Euristeo dijo que este trabajo no sería contado entre los diez porque no había vencido a la Hidra Heracles solo sino con ayuda de Yolao.
La cierva de Cerinia
Como tercer trabajo le ordenó traer viva a Micenas a la cierva cerinitia. Tenía cuernos de oro y estaba en Énoe consagrada a la diosa Ártemis; por eso Heracles no quería matarla ni herirla, y la persiguió durante un año. Cuando la cierva fatigada por el acoso huyó al monte llamado Artemisio, y desde allí al río Ladón, al ir a cruzarlo, Heracles, disparando sus flechas, se apoderó de ella y la transportó sobre sus hombros a través de Arcadia. Pero Artemis, acompañada por Apolo, se encontró con él, quiso arrebatársela y le reprochó haber atentado contra un animal consagrado a ella. Heracles, alegando su obligación e inculpando a Euristeo, aplacó la cólera de la diosa y llevó el animal vivo a Micenas.
El jabalí de Erimanto
Como cuarto trabajo le mandó traer vivo el jabalí de Erimanto; este animal devastaba Psófide, bajando del monte que llamaban Erimanto. Heracles, al atravesar Fóloe, se hospedó en casa del centauro Falo, hijo de Sileno y de una ninfa melia. […] cuando con sus gritos hubo ahuyentado al jabalí de un matorral, lo hizo adentrarse, ya exhausto, en un lugar de nieve espesa, y cargándoselo a las espaldas lo condujo a Micenas.
El establo de Augías
Como quinto trabajo Euristeo le ordenó sacar en un día el estiércol del ganado de Augías. Este era rey de Élide, hijo de Helios, y […] poseía muchos rebaños de ganado.
Heracles se presentó a él y sin revelarle la orden de Euristeo le dijo que sacaría el estiércol en un solo día a cambio de la décima parte del ganado. Augías, aunque incrédulo, aceptó el trato; Heracles, puesto por testigo Fileo, el hijo de Augías, abrió una brecha en los cimientos del establo y desviando el curso del Alfeo y el Peneo, que discurrían cercanos, los encauzó hacia allí e hizo otra abertura como desagüe.
Al enterarse Augías de que esto se había realizado por orden de Euristeo, no quiso pagar lo estipulado, y además negó haberlo prometido, y se manifestó dispuesto a comparecer en juicio por ello. […] Euristeo tampoco aceptó el trabajo entre los diez, alegando que se había hecho por salario.
Las aves del lago Estínfalo
Como sexto trabajo le encargó ahuyentar las aves estinfálidas. En la ciudad de Estínfalo, en Arcadia, había un lago llamado Estinfálide, oculto por abundante vegetación, donde se habían refugiado innumerables aves, temerosas de ser presa de los lobos. Heracles no sabía cómo hacerlas salir de la espesura, pero Atenea le proporcionó unos crótalos de bronce, regalo de Hefesto, y él entonces, haciéndolos sonar en una montaña próxima al lago, espantó a las aves, que incapaces de soportar el ruido alzaron el vuelo atemorizadas y de esta manera Heracles las alcanzó con sus flechas.
El toro de Creta
Como séptimo trabajo le impuso traer el toro de Creta. […] Posidón lo había hecho surgir del mar cuando Minos prometió ofrendarle lo que saliera del mar: se dice que, admirado de la belleza del toro, Minos lo envió a la manada y en su lugar sacrificó otro a Poseidón, por lo cual el dios encolerizado hizo salvaje al toro.
Heracles marchó a Creta en su busca, y al pedir ayuda a Minos este le contestó que luchara por capturarlo; una vez capturado el toro, Heracles lo llevó a Euristeo, quien al verlo lo dejó en libertad. […]
Las yeguas de Diomedes
Como octavo trabajo le ordenó llevar a Micenas las yeguas de Diomedes el tracio.
Este, hijo de Ares y Cirene, era rey de los bístones, pueblo tracio muy belicoso, y poseía yeguas antropófagas. Heracles zarpó con algunos voluntarios y, dominando a los guardianes de los pesebres, condujo a las yeguas en dirección al mar. Cuando los bístones acudieron armados a rescatar las yeguas, él las encomendó a la custodia de Abdero, hijo de Hermes, oriundo de Opunte, en Lócride, y favorito de Heracles; pero las yeguas lo mataron arrastrándolo. Heracles en combate con los bístones dio muerte a Diomedes y obligó a huir a los restantes; fundó la ciudad de Abdera junto al sepulcro del desaparecido Abdero, y reuniendo las yeguas las entregó a Euristeo.
Este las soltó y las yeguas se dirigieron al monte Olimpo donde acabaron devoradas por las fieras.
El cinturón de Hipólita
Como noveno trabajo ordenó a Heracles conseguir el cinturón de Hipólita. Esta era la reina de las amazonas, que habitaban cerca del río Termodonte, pueblo sobresaliente en la guerra […]. Hipólita ostentaba el cinturón de Ares, símbolo de su soberanía. Heracles fue enviado a buscar este cinturón porque Admete, hija de Euristeo, deseaba poseerlo. Acompañado por voluntarios se hizo a la mar con una sola nave y arribó a la isla de Paros, entonces habitada por los hijos de Minos, Eurimedonte, Crises, Nefalión y Filolao. […]
Llegado al puerto de Temiscira, se presentó ante él Hipólita, le preguntó por qué había ido y le prometió entregarle el cinturón; pero Hera, bajo la apariencia de una de las amazonas, iba y venía entre la multitud diciendo que los extranjeros recién llegados habían raptado a su reina; así ellas cabalgaron con las armas hacia la nave.
Cuando Heracles las vio armadas, creyendo que se trataba de un engaño, mató a Hipólita y la despojó del cinturón; después de pelear con las restantes se hizo a la mar y arribó a Troya.[…] Luego llevó el cinturón a Micenas y se lo entregó a Euristeo.
Las bueyes de Gerión
Como décimo trabajo le encargó traer de Eritía las vacas de Gerión. Eritía, ahora llamada Gadir, era una isla situada cerca del Océano; la habitaba Gerión, hijo de Crisaor y de la oceánide Calírroe; tenía el cuerpo de tres hombres, fundidos en el vientre, y se escindía en tres desde las caderas y los muslos. Poseía unas vacas rojas, cuyo vaquero era Euritión, y su guardián Orto, el perro de dos cabezas nacido de Tifón y Equidna. Yendo, pues, en busca de las vacas de Gerión a través de Europa, después de matar muchos animales salvajes, entró en Libia […]. Ya en Eritía, pasó la noche en el monte Abas; el perro, al darse cuenta, lo atacó, pero él lo golpeó con la maza y mató al vaquero Euritión, que había acudido en ayuda del perro.
Menetes, que apacentaba allí las vacas de Hades, comunicó lo sucedido a Gerión, quien alcanzó a Heracles cerca del río Antemunte cuando se llevaba las vacas, y, trabado combate, murió de un flechazo. Heracles embarcó el ganado en la copa, y habiendo navegado hasta Tartesos, se las devolvió a Helios.
Tras pasar por Abdera, llegó a Liguria, donde Yalebión y Dercino, hijos de Posidón, intentaron robarle las vacas, pero los mató y siguió a través de Tirrenia. En Regio, un toro descarriado se arrojó de repente al mar, y nadó hasta Sicilia después de atravesar la región llamada por él Italia (pues los tirrenios llaman italus al toro), llegando al territorio de Érix, rey de los élimos. Érix, hijo de Posidón, incorporó el toro a su propia manada. Entonces Heracles encomendó los bueyes a Hefesto y se apresuró a ir en busca del toro. Cuando lo encontró en la vacada de Érix, este dijo que no se lo devolvería a menos que lo venciese en la lucha; Heracles, después de abatirlo tres veces, lo mató y recuperando el toro lo condujo con el resto al mar Jónico. Al llegar a las zonas de ensenadas, Hera envió un tábano contra las vacas, que así se dispersaron por las faldas de las montañas de Tracia. Heracles las persiguió y reuniendo algunas las trasladó al Helesponto; las que quedaron allí se hicieron salvajes. […] Llevó las vacas a Micenas y las entregó a Euristeo, quien las sacrificó a Hera.
Las manzanas de las Hespérides
Cumplidos los trabajos en ocho años y un mes, al no aceptar Euristeo ni el del ganado de Augías ni el de la Hidra, como undécimo trabajo le ordenó hacerse con las manzanas de oro de las Hespérides. Estas manzanas […] estaban en el Atlas, entre los Hiperbóreos. Gea se las había regalado a Zeus cuando se desposó con Hera.
Las guardaba un dragón inmortal, hijo de Tifón y Equidna, que tenía cien cabezas y emitía muchas y diversas voces. Con él vigilaban también las Hespérides, Egle, Eritía, Hesperia y Aretusa. Heracles en su viaje llegó al río Equedoro. Cicno, hijo de Ares y Pirene, lo desafió a un combate singular. Ares defendía a Cicno y dirigía la pelea, cuando un rayo arrojado en medio de ambos hizo cesar el combate. Heracles a través de Iliria se dirigió apresuradamente al río Erídano y llegó ante las ninfas, hijas de Zeus y Temis. Estas lo encaminaron a Nereo, a quien Heracles apresó mientras dormía y, aunque el dios adoptó toda clase de formas, lo ató y no lo soltó hasta que supo por él dónde se encontraban las Hespérides y sus manzanas. […]
Al llegar, por tierras de Libia, al mar exterior, recibió la copa de Helios: habiendo cruzado al continente opuesto flechó en el Cáucaso al águila, nacida de Equidna y Tifón, que devoraba el hígado de Prometeo. […]
Prometeo había advertido a Heracles que no fuera él mismo a buscar las manzanas, sino que enviase a Atlante, y que sostuviera entretanto la bóveda celeste; así, cuando llegó al país de los Hiperbóreos ante Atlante, lo reemplazó, según el consejo recibido.
Atlante, después de coger de las Hespérides tres manzanas, regresó junto a Heracles.
Y para no cargar de nuevo con el cielo dijo que él mismo llevaría las manzanas a Euristeo, y ordenó a Heracles que sostuviera la bóveda celeste en su lugar.
Heracles accedió, pero con astucia consiguió devolvérsela a Atlante. Aconsejado por Prometeo lo invitó a soportarla mientras él se colocaba una almohadilla en la cabeza. Al oír esto, Atlante dejó las manzanas en el suelo y sostuvo la bóveda; entonces Heracles recogió las manzanas y se marchó. […] Obtenidas las manzanas, las entregó a Euristeo. Este, tomándolas, las regaló a Heracles, se las entregó a Atenea, que las devolvió, pues era impío que estuviesen en cualquier otro lugar.
El can Cerbero
Como duodécimo trabajo se le ordenó traer del Hades a Cerbero. Este tenía tres cabezas de perro, cola de dragón y en el dorso cabezas de toda clase de serpientes.
Antes de ir en su busca Heracles se presentó ante Eumolpo, en Eleusis, con el deseo de ser iniciado. Entonces a los extranjeros no se les permitía la iniciación, pero al ser adoptado por Pilio la consiguió. […] Al llegar a Ténaro en Laconia, donde estaba la entrada del Hades, bajó por ella. […] Cuando Heracles pidió el Cerbero a Plutón, este le concedió llevárselo si lo dominaba sin hacer uso de las armas que portaba.
Heracles, cubierto con la coraza y con la piel de león, lo encontró a las puertas del Aqueronte, rodeó con sus brazos la cabeza de la bestia, y aunque lo mordió la serpiente de la cola, lo soltó, oprimiéndolo y ahogándolo, hasta que se hubo rendido.
Tras la captura subió de regreso por Trezén. […] Heracles, una vez mostrado el Cerbero a Euristeo, lo devolvió al Hades.
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TRABAJO
ENCOMENDADO POR EURISTEO |
CRIATURA
CON LA QUE SE ENFRENTA
/OBSTÁCULO |
¿CÓMO
LOGRÓ EL OBJETIVO? |
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Traer la piel del León de Nemea
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León de Nemea |
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lunes, 4 de mayo de 2026
ACTIVIDAD 8: DANAE Y PERSEO
LOS HECHOS DE LOS HÉROES
Dánae y Perseo
El rey de Argos, Acrisio, que tenía una hija única, Dánae, emprendió el largo viaje hacia Delfos para interrogar a la pitonisa. Esta vieja mujer, con la ayuda de los dioses, podía, a veces, leer el futuro.
—¿Tendré algún día un hijo varón?
La respuesta de la pitonisa fue terrible e inesperada:
—No, Acrisio, nunca. En cambio, tu nieto te matará... ¡y te reemplazará en el trono de Argos!
—¡Cómo! ¿Qué dices?
Pero la pitonisa no repetía nunca sus profecías. El rey de Argos estaba consternado. Regresó a su patria repitiendo:
—Dánae... ¡es necesario que Dánae no tenga hijos!
Ella lo recibió cuando volvió al palacio. Preguntó enseguida:
—¿Y bien, padre? ¿Qué ha dicho el oráculo?
El rey sintió que su corazón daba un vuelco. ¿Cómo evitar la profecía de los dioses sin matar a Dánae?
—Guardias —ordenó—, que encierren a mi hija en una prisión sin puerta ni ventanas. ¡De ahora en más, nadie podrá acercársele!
Dánae no comprendió por qué la llevaban a un amplio calabozo forrado de bronce. El pesado techo que cerraron encima de ella no tenía más que algunas ranuras angostas a través de las cuales, cada día, le bajaban la comida con una cuerda.
Privada de aire puro, de luz y de compañía, Dánae creyó que no tardaría en morir de pena.
Pero en el Olimpo, Zeus se apiadó de la prisionera. Conmovido por su tristeza y, también, seducido por su belleza, resolvió acudir en su ayuda.
Una noche, a Dánae la despertó una violenta tormenta que tronaba encima de su cabeza. Extrañas gotas de fuego caían sobre ella.
—Parece increíble, pero... ¡es oro! —exclamó levantándose.
Enseguida, la lluvia luminosa cobró forma. Dánae estuvo a punto de desfallecer al ver que se corporizaba ante ella un hombre bello como un dios.
—¡No temas, Dánae! —dijo—. Te ofrezco la manera de huir...
Esta promesa era algo inesperado, y Dánae sucumbió rápidamente al encanto de Zeus.
Cuando el alba la despertó, Dánae creyó que había soñado. ¡Pero pronto comprendió que estaba embarazada! Y tiempo después, dio a luz a un bebé de una belleza y de una fuerza excepcionales.
—¡Lo llamaré Perseo! —decidió.
Un día, al atravesar las cárceles del palacio, Acrisio creyó oír los gritos de un niño de pecho. Ordenó que se abrieran las puertas de las prisiones. ¡Grande fue su estupefacción al descubrir a su hija con un magnífico recién nacido en brazos!
—Padre, ¡sálvanos! —suplicó Dánae.
El rey realizó una investigación e interrogó a los guardias. Finalmente, debió rendirse a la evidencia: ¡sólo un dios había podido entrar en ese calabozo!
Si eliminaba a su hija y al niño, Acrisio cometería un crimen imperdonable.
Entonces, el rey vio un gran baúl de madera en la sala del trono.
—¡Dánae, entra en ese cofre con tu hijo!
Temblando de miedo, la joven obedeció. Acrisio hizo cerrar la caja y sellarla.
Luego, llamó al capitán de su galera personal.
—Carga este cofre en tu navío. ¡Y cuando estés lejos de toda tierra habitada, ordena a tus hombres que lo arrojen al mar!
El capitán partió; después de tres días de navegación, el cofre fue lanzado por la borda.
De nuevo prisionera, Dánae intentaba calmar los gritos del pequeño Perseo.
—Son bellos como dioses... ¡Los desdichados parecen estar al límite de sus fuerzas! ¿Desde hace cuánto tiempo andarán a la deriva?
El pescador, Dictis, era un hombre muy bueno. Condujo a Dánae y a Perseo a su cabaña y los cuidó lo mejor que pudo.
—¿Dónde estamos? —preguntó Dánae cuando se despertó.
—En una de las islas de las Cícladas: Sérifos. La gobierna mi hermano, el tirano Polidectes. Pero no temas, estarás segura en mi casa.
Pasaron los meses y los años. Perseo se volvió un muchacho robusto y valiente.
Todos los días, acompañaba a Dictis a pescar. En cuanto a Dánae, se ocupaba de la casa y de la cocina, bendiciendo cada día la bondad de su salvador.
Una mañana, una soberbia comitiva se detuvo ante la cabaña de Dictis. Era el rey Polidectes que venía a visitar a su hermano. Al ver a Dánae ante la puerta, le impresionó la belleza y la nobleza de esta desconocida. En cuanto apareció Dictis, el rey dijo, intrigado:
—Dime, hermano, ¿se trata de tu esposa o de una princesa?
—Oh, ni una cosa ni la otra, Polidectes. Es, simplemente, una náufraga que he rescatado.
—¡Tienes suerte de haber pescado una perla tan bella! Esta joya es demasiado preciosa para un pobre pescador. Ven, dime tu nombre.
—Dánae, señor, para servirlo —dijo la muchacha haciendo una reverencia.
—¿Servirme? De acuerdo. Bien, te conduzco a mi palacio. ¡Después de todo, lo que llega a las orillas de mi isla es de mi propiedad!
Muda de espanto, Dánae se dio vuelta hacia Dictis: no quería cambiar su cabaña por un palacio ni a su bienhechor por un rey.
—Ay —le murmuró Dictis—, me temo que debes obedecer.
—¡Ah, señor! —suplicó Dánae—. Tengo un hijo. Al menos, permite que me acompañe y no nos separes.
—¡De acuerdo! —dijo Polidectes—. Ve a buscar a tu hijo.
Pero cuando el rey vio a Perseo, se reprochó su bondad. Ese muchacho semejante a un príncipe podía convertirse en su rival...
En cuanto Dánae llegó al palacio, Polidectes le destinó las más bellas habitaciones. Enamorado de la hija de Acrisio, la cortejaba asiduamente. En cambio, odiaba a Perseo, pero, para congraciarse con Dánae, convocó a los mejores preceptores, quienes le enseñaron al muchacho todas las artes. Dánae no dejaba de agradecer al rey por sus buenas acciones y, cada día, le costaba más rechazar sus propuestas.
—Mañana —le anunció un día con tristeza a su hijo—, Polidectes organiza un gran banquete para anunciar nuestro compromiso.
—¿Cómo? —preguntó Perseo con violencia—. ¿Te vas a casar con el rey?
—Ya no puedo oponerme por mucho más tiempo. Te lo suplico, Perseo, intenta comportarte correctamente durante la ceremonia.
La fiesta fue suntuosa: Polidectes había hecho preparar las comidas más exquisitas. Cada invitado había traído un regalo al amo de los dominios, tal como lo exigía la costumbre.
—Y bien, Perseo —preguntó de golpe Polidectes—, ¿qué piensas de todos estos regalos? ¿Te parecen dignos de nosotros?
—Señor —respondió Perseo con una mueca de despecho—, sólo veo allí cosas muy ordinarias: copas de oro, caballos, arneses.
—¡Pretencioso! ¿Qué cosa tan original, pues, querías que me trajeran?
—No sé... ¡la cabeza de Medusa, por ejemplo!
Un murmullo de temor circuló entre los invitados: Medusa era, de las tres gorgonas, la de mayor tamaño y la más peligrosa. Se ignoraba dónde vivían esas tres hermanas monstruosas, ¡pero se sabía que su cabellera estaba hecha de serpientes venenosas y, sobre todo, que su mirada petrificaba en el instante a todo aquel que se atreviera a mirarlas!
—A propósito —dijo Polidectes—, tú, Perseo, ¿qué regalo nos has hecho?
El muchacho bajó la cabeza refunfuñando: ¿qué habría podido traer a su anfitrión?
—¡Y bien, te tomo la palabra! —decretó Polidectes—. Te ordeno que me traigas la cabeza de Medusa. No regreses al palacio sin ella.
A la noche, Dánae, desesperada, le suplicó que no la dejara. Pero no contó con el orgullo de Perseo, que exclamó:
—No. Polidectes me lanzó un desafío. Y le debo lo que reclama a cambio de su hospitalidad.
Al día siguiente, Perseo erró a lo largo de la costa de Sérifos buscando alguna idea: abandonaría la isla, de acuerdo. ¿Pero adónde ir?
Fue entonces cuando aterrizó delante de él Hermes, el de pies alados. Ante su estupefacción, el dios de los viajes estalló en una carcajada:
—¡Te veo en problemas, joven audaz! Ignoro dónde se esconden las gorgonas, pero sus otras tres hermanas, las grayas, lo saben. Además, poseen tres objetos sin los cuales no podrás realizar tu misión.
—Y... ¿cómo hallaré a las tres grayas? —preguntó Perseo.
—Eso no es problema. Sube a mis espaldas, ¡te llevo!
Perseo trepó sobre los hombros de Hermes, que se echó enseguida a volar. El dios voló durante mucho tiempo hacia el poniente antes de detenerse en una región árida y sombría. Le murmuró a Perseo:
—Ten cuidado. ¡Estas viejas brujas no te darán esos datos y esos objetos por propia voluntad! ¡Deberás hacerles trampa!
Al acercarse a las tres hermanas, Perseo hizo un movimiento de rechazo: eran de una fealdad repugnante. Sus bocas no tenían dientes, las órbitas de sus ojos estaban vacías. Parecían agitadas y estar en medio de una gran conversación. Una y otra vez, se pasaban entre sí... ¡un ojo y un diente! Perseo reprimió una exclamación.
—¡Y sí! —explicó Hermes—. No tienen más que un ojo y un diente para las tres. ¡Deben, por tanto, prestárselos sin parar!
Enseguida, Perseo tuvo una idea. Se acercó a las tres grayas; en el momento en que la primera tendía el ojo y el diente a la segunda, ¡se apoderó de ellos! Las viejas aullaron a ciegas:
—¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¡Devuélvenos nuestro ojo y nuestro diente!
—Con dos condiciones: ¡que me indiquen dónde encontraré a sus hermanas gorgonas y que me den los tres objetos que me permitirán enfrentarlas!
Enloquecidas por tanta audacia, las tres grayas se pelearon y se lamentaron un momento. ¡Pero ni siquiera tenían ya su único ojo para llorar! Por último, una de ellas suspiró:
—Bien. Encontrarás a Esteno, Euríale y Medusa en los confines del mundo, en una caverna, más allá del territorio del gigante Atlante.
—Aquí están las sandalias aladas que te permitirán llegar, una alforja mágica y el casco de Hades.
—¡El casco de Hades! ¿Para qué me servirá?
—Aquel que lo lleva se vuelve invisible. ¡Ahora, devuélvenos nuestro bien!
Perseo les entregó el ojo y el diente. Luego fue a reunirse con Hermes.
—¡Mira! —le dijo alegremente—. ¡Poseo unas sandalias parecidas a las tuyas! ¿Me acompañarás?
—De ninguna manera —contestó Hermes—. Tengo mucho que hacer. De ahora en más, puedes arreglarte solo. Pero cuídate de no mirar nunca a Medusa ni a sus hermanas: ¡te convertirías en piedra! Ah, toma, te confío mi hoz de oro, te será útil.
Perseo se deshizo en agradecimientos. Se puso las sandalias y se echó a volar con una torpeza que hizo sonreír a Hermes. El dios de los voladores le hizo una seña:
—No sacudas los pies tan rápidamente... el vuelo es una cuestión de entrenamiento... ¡Aprenderás enseguida!
Perseo, lleno de alegría, se dirigió hacia el poniente: ¡gracias a los dioses que velaban por él, ya no dudaba de que vencería a Medusa!
Atravesando bosques y ríos, se encontró con las ninfas, jóvenes divinidades de las forestas y de las aguas. Encantadas por el coraje y por el andar de ese joven héroe, le indicaron la guarida de las gorgonas.
Cuando Perseo llegó al medio de un desierto y descubrió la entrada de la caverna, tembló de terror: alrededor, no había más que estatuas de piedra. Allí estaban todos lo que habían enfrentado a las gorgonas y que habían sido petrificados por su mirada. Hasta aquí, Perseo no había medido la dificultad de su tarea: ¿cómo decapitar a Medusa sin dirigir su mirada hacia ella?
Sin embargo, se arriesgó en el antro oscuro, revoloteando. Penetró en el corazón de la caverna donde resonaban ronquillos. Luego, vio un nudo de serpientes que se contorsionaban levantando hacia él sus cabezas que silbaban. Enseguida, desvió la mirada y murmuró, con el corazón palpitante:
—Las gorgonas están adormecidas... ¡Los reptiles que tienen por cabellera van a revelarles mi presencia! No puedo de ningún modo matar a Medusa con los ojos cerrados. ¡Ah!, Atenea —suspiró—, diosa de la inteligencia, ven en mi ayuda, ¡inspírame!
Una luz iluminó la gruta... y apareció Atenea, vestida con su coraza, y armada. Su mirada era de bondad.
—Estoy conmovida por tu valor, Perseo. Toma, te confío mi escudo. ¡Enfrenta a Medusa sirviéndote de su reflejo!
Perseo se dio vuelta y comprendió de inmediato. Ahora, podía avanzar hacia los tres monstruos: extendía delante de sus ojos el escudo de la diosa, ¡tan liso y pulido como un espejo!
Las tres gorgonas ya se agitaban en su sueño. Con su cuerpo cubierto de escamas y con sus largos colmillos puntiagudos que erizaban sus fauces, eran en verdad horribles. Perseo ubicó rápidamente a Medusa, en el centro; era la más joven y la más venenosa de las tres.
—Ay, ¡es demasiado pequeña! No importa, probemos...
Conteniendo su repugnancia, recogió la cabeza. Milagrosamente, la bolsa se agrandó lo suficiente como para que Perseo pudiera guardar en ella su botín. Después de lo cual, la alforja recobró su tamaño.
El héroe no tuvo tiempo de saborear su victoria: un ruido insólito lo alertó. Vio la sangre que brotaba a grandes chorros del cuerpo decapitado de Medusa. De aquella efervescencia rojiza surgieron dos seres fabulosos. Primero, apareció un gigante con una espada dorada en la mano. Como Perseo retrocedía, el otro lo tranquilizó:
—Gracias por haberme hecho nacer, Perseo. ¡Mi nombre es Crisaor!
De la sangre de Medusa se desprendía, poco a poco, otra criatura, aún más extraordinaria: un caballo alado, de una blancura resplandeciente...
—Y he aquí Pegaso —le dijo Crisaor—. ¡Ah... ten cuidado! ¡Las hermanas de Medusa se han despertado! ¡Están bloqueando el paso! ¡No... sobre todo, no te des vuelta!
Rápidamente, Perseo se colocó el casco de Hades. Se volvió invisible de inmediato. Desconcertadas, las gorgonas se pusieron a buscar a su adversario. Y Perseo, con los ojos protegidos detrás del escudo de Atenea, pudo entonces escurrirse hasta la salida.
En cuanto se quitó el casco, las hermanas de Medusa comprendieron que habían sido engañadas. Salieron de la caverna y se lanzaron en su búsqueda. Perseo estaba listo para echar vuelo con sus sandalias cuando Pegaso, a su vez, salió de la gruta relinchando.
De un salto, el héroe subió al caballo alado que voló por los aires. Con el rostro azotado por el viento, Perseo estaba radiante de felicidad, ¡había vencido a Medusa y estaba montando el más fabuloso de los caballos! De la bolsa que llevaba en la mano, se escapaban numerosas gotas de sangre. Cada una de ellas, al caer al suelo, se transformaba en serpiente. Esta es la razón por la cual hoy hay tantas en el desierto.
A la noche siguiente, Hermes se le apareció a Perseo. El héroe agradeció al dios por sus consejos y por su ayuda; le devolvió la hoz y le pidió que restituyera a las tres grayas el casco de Hades y las sandalias aladas; pero, desde luego, se guardó la bolsa con lo que contenía...
Una noche, en el camino de regreso y mientras atravesaba una región árida y escarpada, Perseo decidió hacer un alto. Poco después, llegó un gigante. Esta vez, se trataba de un coloso tan grande como un volcán, y mantenía curiosamente los dos brazos alzados.
—¿Qué haces aquí, extranjero? —gruñó—. ¿Sabes que estás muy cerca del jardín de las hespérides? ¡Rápido, vete!
—¡Estoy agotado! —explicó Perseo—. Déjame dormir aquí esta noche.
—De ninguna manera. ¡Mi trabajo no soporta la presencia de nadie!
Perseo no comprendía. Quiso defenderse.
—¿Cómo te atreves a insistir? —refunfuñó el gigante adelantando un pie amenazador—. ¡Pequeña larva, haré de ti un bocado!
Entonces, el héroe sacó de la bolsa la cabeza de la gorgona cuyo poder, lo sabía, seguía intacto. ¡Se la extendió al gigante qué quedó... pasmado! En un segundo, su cuerpo se había transformado en una montaña de piedra. Perseo exclamó:
—¡Era Atlante! ¡He petrificado al que cargaba el cielo sobre sus hombros!
Desde ese día, el gigante se vio liberado de su carga. Y el peso del cielo es soportado por la montaña que lleva su nombre.
Cuando Perseo llegó a la isla de Sérifos, corrió hasta el palacio a presentarse ante el rey Polidectes. Al no ver a su madre, se preocupó. El soberano, furioso, le lanzó:
—¡Dánae se escapó! Se niega a casarse conmigo. Se ha refugiado en un templo con mi hermano Dictis, el pescador. Esperan la protección de los dioses. Estoy sitiando su guarida, no aguantará n mucho tiempo más. Y tú, ¿de dónde vienes?
—Señor —respondió Perseo—, he cumplido con lo que usted me pidió: le traigo la cabeza de Medusa.
Incrédulo, Polidectes estalló en malvadas carcajadas.
—¡Cómo! ¿Y entra en esa pequeña bolsa? ¿Pretendes haber timado a la gorgona? ¿Cómo te atreves a burlarte así de mí?
—Esta bolsa es mágica —dijo Perseo, que disimulaba mal su cólera—. Crece y se achica en función de lo que se mete adentro.
—¿La cabeza de Medusa allí adentro? —se burló el rey—. ¡Me gustaría ver eso!
—A sus órdenes, señor: hela aquí.
El héroe tomó la cabeza de Medusa y la blandió frente a Polidectes. El rey no tuvo tiempo de responder ni de asombrarse: se transformó en piedra en su trono. Y cuando los soldados y los cortesanos reunidos iban a arrojarse sobre él, Perseo les extendió la cabeza de la gorgona, ¡al punto, quedaron todos petrificados, en ese mismo instante!Perseo corrió a liberar a su madre y a Dictis, su fiel protector. Salvados del tirano, los habitantes de la isla de Sérifos quisieron que Perseo reinara en su lugar.
—No —les respondió—. El único trono legítimo que tengo el derecho de reivindicar es el de Argos, mi patria. Allí regresaré.
El rumor de las hazañas del hijo de Dánae había llegado hasta Acrisio: ¡entonces su hija y su nieto habían sobrevivido! Para escapar de la profecía, Acrisio huyó y se exilió en la ciudad de Larisa; le importaba menos su trono que su vida.
Fue entonces cuando Perseo llegó a Argos y, en ausencia de su abuelo, reinó.
Una noche, se le apareció Atenea. El héroe se inclinó ante la diosa, le devolvió su escudo y la bolsa.
—Contiene la cabeza de Medusa. ¿Quién mejor que tú podría usarla, ya que eres a la vez la diosa de la guerra y de la sabiduría?
—Acepto tu regalo, Perseo, y te lo agradezco.
Atenea tomó la cabellera de serpientes y la aplicó sobre el escudo que había permitido engañar a la gorgona.
Desde entonces, la cabeza de Medusa adorna el escudo Atenea.
Mientras tanto, en Larisa, el rey de la ciudad acababa de organizar juegos. Aun en el exilio, Acrisio, el padre de Dánae, concurrió a las arenas para asistir a ellos. Se sentó en la primera fila. Enseguida se sintió intrigado por un joven atleta que, antes de lanzar un disco, quería a toda costa retroceder hasta fondo del estadio.
—¿Qué teme? —preguntó Acrisio encogiéndose de hombros.
—Teme lanzar el disco demasiado lejos —le explicó su vecino— y lastimar así a algún espectador.
Acrisio sonrió ante la pretensión del atleta.
—¿Quién es para creerse tan fuerte?
—Es el nieto del antiguo rey de Argos. Su nombre es Perseo.
Con sorpresa y espanto, Acrisio se levantó de su grada. Pero allá, en el otro extremo del estadio, el atleta acababa de lanzar disco... El proyectil voló hasta las primeras filas; se abatió sobre la cabeza de Acrisio, que cayó muerto instantáneamente.
Así el héroe Perseo mató a su abuelo, por accidente.
Sin consuelo por su acto, fue reconfortado por Dánae.
—Hijo mío —afirmó—, tú no eres responsable. Nadie escapa a su destino. El tuyo es glorioso. ¿Y quién sabe si tus hijos no realizarán hazañas aún más espectaculares que las tuyas?
Dánae no se equivocaba: con la bella Andrómeda, su esposa, Perseo habría de tener una numerosa descendencia. Una de sus nietas, Alcmena, sería incluso, como Dánae, amante de Zeus. Y de esa unión de una mortal y de un dios habría de nacer
entontes el mayor y más célebre de los héroes: Hércules (1).
El mito de Dánae lo relata el escritor griego Hesíodo (siglo VIII a. C). Las tragedias que tenían como tema las hazañas de Perseo se han perdido. Su historia llegó hasta nosotros gracias al poeta griego Píndaro (siglo VI a. C.) y a Ovidio.
1. Hércules es el nombre latino de Heracles. Lo empleamos aquí, porque es el más popular.
Guía de comprensión lectora. DANAE Y
PERSEO
1. - ¿Por qué el rey de Argos los
encerró en un baúl y los hizo arrojar al mar?
2. - ¿Qué parentesco había entre Acrisio, Dánae y Perseo?
3. ¿Quiénes son y qué función cumplen las pitonisas en los mitos?
4. ¿Quiénes lo ayudaron a cumplir la misión a Perseo? ¿De qué manera?
5. ¿Cómo derrotó Perseo a Medusa? ¿Qué obtuvo luego?
6.- ¿Cuál es el propósito de esta historia? Elije una opción y justifica tu respuesta con tus palabras:
A. Explicar la importancia de la hazaña de Perseo.
B. Informar sobre las circunstancias en
que murió Medusa.
C. Convencer a los lectores sobre la
importancia de Perseo.
D. Relatar una historia sobre Perseo y
la muerte de Medusa.











